El miércoles pasado, cerca del mediodía, séptimo piso frente al lago, sol y cielo azul, veleros navegando, clima de mundial, discusiones, banderita en mi escritorio.
Primeros cinco segundos: banderita se mueve, escritorio se mueve, monitores se mueven, extraña confusión. Siguientes tres segundos: miramos alrededor del piso, miradas se cruzan, algunas caras asustadas, algunos dejan el asiento. Siguientes tres segundos: el techo se mueve, resistirán las columnas? esta vez nos tocó a nosotros? qué se supone que tenemos que hacer? Siguientes cinco segundos: quietud y silencio.
Siguientes quince minutos: googleando noticias, chequeando el estado de la red. Visible aumento de llamadas en Toronto; Ottawa: el tráfico de voz se triplicó en diez minutos. Debe haber pegado bastante más fuerte en Ottawa.
Terremoto en Toronto/Ottawa: movida conferencia de prensa en Ottawa
Mientras tanto, aquí nos preparamos para el partido de Octavos. Contamos con el firepower. No creemos en cábalas pero por las dudas escuchamos a Los Piojos / Bicho de Ciudad, igual que en los partidos anteriores.
Con la excusa de la visita de mi hermano, me tomé algunos días de vacaciones en los que recorrimos un poco el “interior”: Montreal, Quebec (ville), Ottawa, Niagara, y un poco de Toronto.
El viernes pasado, por una de esas casualidades, aparecieron tickets para ir a very a Buddy Guy en un teatro del centro.
Una búsqueda rápida en wikipedia con la blackberry antes de que Buddy salga al escenario, indicaba que el tipo tiene 74 años (nac. 1936). Se había roto wikipedia? Bueno si Buddy fue fuente de inspiración para Jimi Hendrix y Eric Clapton, a lo mejor 74 años era algo razonable. De algún modo, mis expectativas respecto al show tocaron fondo.
Error craso. Show de aquéllos. Foto obligada pero vergonzosa de celular (me pregunto si algún día los celulares sacarán fotos en serio).
Algunas fotos de Junio de este año – algunos artistas del Cirque de Soleil visitaron Harbourfront, en la costa del lago, centro de Toronto. Curiosamente a pocos metros de mi nueva oficina.
Ya vendrán las fotos de Argentina de principios de año y las de Europa central de hace dos semanas.
Encontramos un barcito de jazz alternativo en Queen St West. Bastante más cálido que los lugares clásicos de acá. Lo curioso es dónde está ubicado el escenario, de espaldas a la calle y con la ventana abierta.
Noche de verano tardío aquí – obsérvese el tranvía circulando tranquilo detrás de los músicos en la foto a través de la ventana (*). Tranvías, transeúntes y ciclistas en la noche de Toronto.
Jazz y Tranvía
El Trío resultó muy bueno y la poca cantidad de gente injusta. Despues de temas propios y uno de Sonny Rollins sorprendieron a la audiencia con una versión jazzeada de Three of a Perfect Pair, de King Crimson. Recuerdos.
(*) el deficiente enfoque es culpa del nuevo telefonito celular. No se puede llevar la nikon a todos lados.
Aquí vamos otra vez. Recuerdo que la última vez que cambié de trabajo, uno de mis antiguos colegas me dijo algo así como “el pasto se ve más verde del otro lado”. Claro que tenía razón, hasta algún punto. El pasto es siempre distinto del otro lado - cambiar esta bueno, aunque uno se apega al lugar y a la gente, lo que complica bastante la decisión de cambiar. Pero bueno, lo hecho hecho está y desde hace un tiempito me sumé al equipo de una empresa nueva que está armando una red celular, literalmente desde cero. También volví a cambiar el foco de mi trabajo, ahora estoy (de vuelta) del lado de servicios de datos, banda ancha móvil y ese tipo de cosas, con más responsabilidad y una pila de proyectos. El ritmo de trabajo es bastante loco y por algún motivo me siento mucho más cómodo en este tipo de ambiente, aprendiendo cosas nuevas todo el tiempo.
Hasta ahora no me había tocado pasar por una experiencia parecida. El contraste entre una empresa de telecomunicaciones tradicional y una nueva no puede ser mayor. Una muestra: salida tardía de la oficina: cinco y media, seis de la tarde (ni hablar de siete u ocho de la noche) – en una empresa establecida, típicamente (literalmente) no queda nadie en el piso, se escucha el cri-cri de los grillos. En la nueva oficina, seis, seis y media, difícilmente se ven escritorios vacíos.
Hoy visitamos la exposición de arte de Toronto (Toronto Art Expo). Mayormente se trató de artistas plásticos. Cada uno de los artistas paga por tener un lugar allí; imagino que en otras ciudades, este tipo de exposiciones se rigen por un sistema parecido.
De cualquier modo, me llamó mucho la atención la chatura y la poca relevancia (i-rrelevancia) de las obras exhibidas. Muy, muy poco más allá de los usuales floripondios (floripondio, 2. m.despect. Flor grande que suele figurar en adornos de mal gusto), cuadrados coloreados con rayitas (arte abstracto que probablemente en los 70 fue cool y bleeding-edge, pero hace tiempo dejó de serlo), paisajes o retratos mediocres y convencionales (Picasso-esques, Modigliani-esques, Miro-esques, y siguen las firmas).
En una exposición que se jacta de ser la más grande de Canadá, en una ciudad que recibe la mayor parte de los doscientos mil inmigrates anuales que llegan al país, ninguno de los “artistas” (exhibidos) fue capaz de reflejar la realidad del inmigrante, las ricas vidas comunitarias, la coexistencia multicultural tan única de este lugar, la recesión que ensombrece el cielo.
Entre los artistas-personas, las comunidades estaban claramente representadas; había floripondios de artistas asiáticos, de artistas latinos, de artistas francófonos (muchísimos – al menos un cuarto de los artistas parecían venir de Montreal) y así.
Imagino que el resultado (la gran pobreza de la obra exhibida) fue en parte una consecuencia del proceso de selección y de los requerimientos de dinero a los artistas. Pero aún así, en última instancia, si es cierto que la oferta de arte local se equilibra con la demanda, esto no habla bien del nivel de vida cultural de esta metrópolis. Una pena.
Estoy leyendo Islands in the Stream (curiosamente traducido como Islas a la Deriva), una novela póstuma de E. Hemingway que tiene a la corriente del golfo como actor de reparto. Voy promediandolo – y sin dudas en lo que llevo leído de esta novela la escena mas magistralmente narrada es la de una tarde de pesca y lucha con un enorme pez espada. Claro que esta escena suena y resuena como muy familiar – de alguna manera ya había sido escrita más de veinte años antes… por E. Hemingway en El Viejo y el Mar, por varios años mi novela preferida.
Creo que era Borges el que decía que los escritores escriben en su vida un sólo libro (con suerte), limitándose por lo demás a reescribirlo una y otra vez. Algo así como variaciones sobre una mismo tema musical.
Hace un par de semanas compré una Nikon D60 para Hernán y la llevé a la isla para hacerle un test drive. La cámara es super práctica, liviana, pequeña, ideal para viajes… y el resultado es interesante. La excusa de la visita a la isla fue un minievento corporativo del trabajo de Sil, donde hubo “facepainting” para los más pequeños.
Va una muestra. Esta foto no se luce pero es la que más me gustó (“La fotógrafa”):
Caminando para retirar las entradas para el festival de cine de acá, me encontré con este stand de promoción de juegos de té.
Cerca de Yonge & Bloor, zona de Torontonios chics y cines.
Nótese que cada el auto reposa en cuatro tacitas de té.
Fotos de celular. El precio de lista del Lamborghini Superleggera es poco más de trescientas lucrecias. El modelo naranja y negro (tan de temporada ’07/’08) probablemente tiene recargo.
La idea hubiese estado buenísima, si no la hubiesen quemado el año pasado usando una Ferrari amarillo-patito y tacitas de café. Calvicie de ideas.
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